domingo, 7 de febrero de 2010

¿Estudiantes o denunciantes?


Susana Moncada López

Tal parece que olvidamos para qué es un salón de clase. Ahora, antes que el cuaderno, será de más utilidad una grabadora para capturar con ésta la voz de los compañeros que parezcan sospechosos. Quizá la sugerencia del Presidente con la idea de los estudiantes informantes reafirme que: “Hay que abrir bien los ojos, nunca se sabe quien se sienta al lado de uno”.
Y es que resulta que la desconfianza y el miedo al otro serán las políticas para acabar con la violencia, pero lo cierto es que esto se parece más a las gotas de agua que se le echan al fuego y que en lugar de apagarlo le dan más fuerza.

Se supone que un aula de clase es un espacio de conocimiento que propicia el debate y que mediante la libre expresión genera nuevos pensamientos, sin embargo, esta función se ve amenazada en un país donde el que no piensa como la mayoría es el enemigo. Y es que nos encantan los enemigos, la única forma de unirnos es encontrar a alguien a quien odiar.

Entonces conociendo la polarización del país donde el que no está conmigo está contra mí, todo el que piense diferente es sospechoso o delincuente. Hemos llegado al punto de atacar las ideas del otro dudando de su legitimidad. “A los anti uribistas se les tilda de guerrilleros, anti patriotas y a los uribistas se les tilda de paramilitares”. Entonces qué pasaría con la libertad de expresión cuando en el salón hay estudiantes que reciben 100.000 pesos mensuales para detectar “anomalías”.

¿No sería esta una herramienta que muchos jóvenes pueden utilizar inescrupulosamente para acusar a personas lejanas a sus afectos o incluso para echarle más fuego a las disputas entre bandas que se dan en la ciudad? ¿Además dónde queda el riesgo al que se enfrentan los estudiantes que denuncian? ¿Serán la carne de cañón, la prueba fiel de que el Estado no puede garantizarnos seguridad?

Y está bien que las denuncias voluntarias no son malas y que los ciudadanos también hacen parte de la solución a los problemas, pero revolverle dinero al asunto complejiza las cosas. Ya no denunciamos por el bienestar de la ciudad sino por 100.000 pesos mensuales.

Es cierto que necesitamos ser ciudadanos comprometidos que exijamos, que busquemos mejorar la situación de la ciudad. No queremos más impunidad, el silencio no nos ha ayudado a cambiar las atrocidades que se cometen diariamente: los falsos positivos, la corrupción, los robos, los asesinatos. Hay que denunciar, el miedo no puede guiar más nuestras acciones, pero denunciar por conciencia, no por dinero, denunciar porque le apostamos a un país mejor.

Y está bien capturar a las personas que le hacen mal a la sociedad, pero también debemos preguntarnos por qué estás personas optaron por la delincuencia. El problema no son sólo los delincuentes, el problema también está en el sistema que hace que los jóvenes opten por esta vida, el problema no son los gamines, el problema es por qué tantas personas tienen que vivir en las calles.

Pero lo preocupante ahora es que los salones esos espacios de reflexión, donde se le hacen preguntas a la sociedad y en donde se producen nuevas ideas, se conviertan en lugares polarizados donde no entramos en calidad de estudiantes sino en calidad de denunciantes o delincuentes. ¿Si la educación es la esperanza entonces qué pasará?


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