lunes, 22 de febrero de 2010
Generalizar no es recomendable y mucho menos para un periodista
En el día del periodista los temas que ocuparon la agenda de varios medios de comunicación fueron la absolución de Alfredo Molano y el cierre de la revista Cambio. Como ya lo sabemos no fueron pocos los que defendieron la columna del periodista ‘Araújos et al' argumentando que, de sancionar penalmente al periodista por las aseveraciones que hace de las familias Araújo de Cartagena y Valledupar, se estaría atentando contra la libertad de expresión.
Sin embargo hay que recordar que la libertad de expresión no puede entenderse como la licencia de juzgar a personas y en este caso a familias sin tener fuentes o evidencias que así lo confirmen. Aquí está la rigurosidad que debe caracterizar el trabajo periodístico, que debe sustentarse primero en la investigación para luego poder empelar juicios de valor frente a algo o a alguien.
Que es una tarea difícil, claro que lo es, pero es precisamente la investigación la que nos da credibilidad y la que nos protege ante posibles demandas. En la columna de opinión de Jorge Orlando Melo en su artículo Censura y ambiente de negocios dice que le parece incorrecto que un periodista sea sancionado por hacer valoraciones imprecisas y argumenta que de ser así los periodistas habrían quedado sin poder hablar mal de una región, de un grupo social, de una profesión, de un partido político, de una rosca burocrática, a menos que pudieran demostrar que lo que decían era cierto de cada una de las personas que los componen, y aunque es válida esta apreciación que expone Jorge Orlando Melo también los periodistas debemos reflexionar sobre lo delicado de emplear generalizaciones, por esto para no caer en ellas la investigación se convierte en nuestro escudo de batalla.
Es delicado emplear un apellido para generalizar, es una manera olímpica de lanzar una indirecta para luego lavarse las manos sustentando que no se hizo ninguna valoración frente a personas concretas. Como quien dice si usted se sitió aludido no es culpa mía. Escribir con ambigüedad no puede convertirse en una forma de evadir responsabilidades.
Por otro lado el cierre de la revista Cambio es algo que preocupa cuando fue ésta la que profundizó en temas tan importantes como los vínculos de Guillermo Valencia Cossio con la mafia, los acuerdos entre Colombia y Estados Unidos sobre las bases militares y el escándalo de Agro Ingreso Seguro, y aunque los argumentos que expuso la Casa Editorial del El Tiempo para cerrarla fueron económicos se tiene la duda de si la estrecha relación que tiene la editorial con el poder no influyó en la decisión de cerrar una revista que venía incomodando a muchas personas del poder Ejecutivo.
Y si en realidad la revista se cerró por motivos económicos es natural que surjan las preocupaciones del columnista Jorge Orlando Melo cuando expresa que la solución de formar conglomerados en los que los medios audiovisuales ayuden a los medios impresos puede convertirse en una amenaza para el periodismo de denuncia teniendo presente que los canales de televisión están sujetos a una curiosa ficción, que los considera propiedad eminente del Estado.
Por esto concluye que se perderían las diferencias existentes entre los medios escritos y audiovisuales, los primeros relacionados con la libertad de expresión y la profundización en la información y los segundos relacionados con el entretenimiento.
El periodismo investigativo se enfrenta a muchos retos en la actualidad y hay que decir que la independencia de un medio de comunicación es complicada cuando son los grandes empresarios o políticos quienes los financian.
Pero otro desafío importante para el periodismo es encontrar la manera de informar con profundidad, con investigación y responsabilidad sin espantar a la gente. La respuesta quizá no es cambiar los contenidos para vender más, quizá los mismos contenidos puedan presentarse de otra manera. Al fin y al cabo el periodismo debe hablarle al pueblo, no sólo a una pequeña porción de éste.
domingo, 14 de febrero de 2010
El Periodismo no puede olvidar su responsabilidad
Ver un noticiero es como comerse un almuerzo a la carrera. Cuando no he terminado de masticar la primera cucharada, llevo la otra a la boca y la otra y la otra… Al terminar quedo con la sensación de que todo lo comido en lugar de alimentarme me va es a matar.
Y es que al parecer el periodismo se parece más a una carrera de atletismo en la que se consiguen las noticias y se venden como chorizos. En este punto es importante cuidar la apariencia, de ahí que las cosas que pasan se nos muestren con musiquita de fondo, con lágrimas y hasta con dramatizados.
Presente… no conocemos otra palabra. Las noticas sólo nos responden el qué, el dónde, el quién pero nunca nos hablan del por qué. Parece que el porqué se lo dejamos a la filosofía. De ahí la enorme confusión que tenemos frente a los conflictos en los países del Medio Oriente. Sabemos de los muertos, de las fechas, de los lugares, pero nunca entendemos el por qué. Y aún más preocupante es pensar que ni siquiera sabemos cuáles son nuestros verdaderos problemas como colombianos. Entre más nos informamos, más nos confundimos.
Aún así el 9 de febrero se convirtió en el día de alabar a los periodistas, de reconocer y valorar su compromiso social, cuando lo hay que hacer es evaluar lo que estamos haciendo. Tal vez necesitábamos escuchar en los medios de comunicación más reflexiones que halagos.
“Si no hay historia no hay memoria, si no hay memoria no hay identidad, si no hay identidad no hay Estado” fue una de la ideas que expresó Ramón Maya historiador y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana en la conferencia que se organizó el día del periodista. Si no sabemos quienes somos, no sabremos por qué actuamos como actuamos. Si no entendemos el pasado de nuestro país, nunca podremos entender nuestro presente. Si no compartimos una historia común no nos identificamos con nadie y si no nos identificamos con nadie no sabemos qué nos une como colombianos ¿Entonces qué ventajas le trae a la sociedad un periodismo que sólo se preocupa por obtener las primicias?
Sin embargo encontramos una frase perfecta para lavarnos las manos diciendo que los medios dan lo que la gente pide. Si les gustan los shows convertimos los noticieros en espectáculos, si les gusta la violencia hacemos novelas donde todo el mundo se de bala. Esto se resumiría en una frase: Los medios somos inocentes, la culpa la tiene el pueblo que con su ignorancia nos obliga a divulgar este tipo de contenidos.
Pero lo que tenemos que recordar es que la mayoría de los colombianos no tienen la oportunidad de estudiar y además a los que sí pueden no se les enseña a ser críticos ante los medios: se les enseña de ingeniería, de diseño, química, pero este conocimiento muchas veces no les ayuda a ser críticos a la hora de sentarse a leer un periódico o a ver noticias. Y lamentablemente, como si no entendiéramos que en este país necesitamos más ética y humanidades que ciencias puras, les enseñamos a los jóvenes a aprovecharse con sus conocimientos de los más débiles para sacar partido.
Es descarado decir que el pueblo tiene la culpa cuando los colegios de este país son los canales de televisión. Es injusto decir que el pueblo se merece a los gobernantes que tiene cuando los medios se encargan de manipular las opiniones de la gente para que voten por sus gobernantes.
A los periodistas nos encanta mirar hacia afuera para criticarlo todo. ¿No será hora de mirarnos a nosotros mismos?
domingo, 7 de febrero de 2010
Llegó el tiempo de las propuestas
¿Estudiantes o denunciantes?
Susana Moncada López
Tal parece que olvidamos para qué es un salón de clase. Ahora, antes que el cuaderno, será de más utilidad una grabadora para capturar con ésta la voz de los compañeros que parezcan sospechosos. Quizá la sugerencia del Presidente con la idea de los estudiantes informantes reafirme que: “Hay que abrir bien los ojos, nunca se sabe quien se sienta al lado de uno”.
Y es que resulta que la desconfianza y el miedo al otro serán las políticas para acabar con la violencia, pero lo cierto es que esto se parece más a las gotas de agua que se le echan al fuego y que en lugar de apagarlo le dan más fuerza.
Se supone que un aula de clase es un espacio de conocimiento que propicia el debate y que mediante la libre expresión genera nuevos pensamientos, sin embargo, esta función se ve amenazada en un país donde el que no piensa como la mayoría es el enemigo. Y es que nos encantan los enemigos, la única forma de unirnos es encontrar a alguien a quien odiar.
Entonces conociendo la polarización del país donde el que no está conmigo está contra mí, todo el que piense diferente es sospechoso o delincuente. Hemos llegado al punto de atacar las ideas del otro dudando de su legitimidad. “A los anti uribistas se les tilda de guerrilleros, anti patriotas y a los uribistas se les tilda de paramilitares”. Entonces qué pasaría con la libertad de expresión cuando en el salón hay estudiantes que reciben 100.000 pesos mensuales para detectar “anomalías”.
¿No sería esta una herramienta que muchos jóvenes pueden utilizar inescrupulosamente para acusar a personas lejanas a sus afectos o incluso para echarle más fuego a las disputas entre bandas que se dan en la ciudad? ¿Además dónde queda el riesgo al que se enfrentan los estudiantes que denuncian? ¿Serán la carne de cañón, la prueba fiel de que el Estado no puede garantizarnos seguridad?
Y está bien que las denuncias voluntarias no son malas y que los ciudadanos también hacen parte de la solución a los problemas, pero revolverle dinero al asunto complejiza las cosas. Ya no denunciamos por el bienestar de la ciudad sino por 100.000 pesos mensuales.
Es cierto que necesitamos ser ciudadanos comprometidos que exijamos, que busquemos mejorar la situación de la ciudad. No queremos más impunidad, el silencio no nos ha ayudado a cambiar las atrocidades que se cometen diariamente: los falsos positivos, la corrupción, los robos, los asesinatos. Hay que denunciar, el miedo no puede guiar más nuestras acciones, pero denunciar por conciencia, no por dinero, denunciar porque le apostamos a un país mejor.
Y está bien capturar a las personas que le hacen mal a la sociedad, pero también debemos preguntarnos por qué estás personas optaron por la delincuencia. El problema no son sólo los delincuentes, el problema también está en el sistema que hace que los jóvenes opten por esta vida, el problema no son los gamines, el problema es por qué tantas personas tienen que vivir en las calles.
Pero lo preocupante ahora es que los salones esos espacios de reflexión, donde se le hacen preguntas a la sociedad y en donde se producen nuevas ideas, se conviertan en lugares polarizados donde no entramos en calidad de estudiantes sino en calidad de denunciantes o delincuentes. ¿Si la educación es la esperanza entonces qué pasará?
