lunes, 19 de abril de 2010

Dos gobiernos pelean, pero los ciuidadanos son los que pierden

Susana Moncada López

La tensión entre Colombia y Venezuela crece, pero como siempre los ciudadanos, que están en el medio, son los que observan cómo ambos países se tiran la pelota caliente. Y es que parecemos viendo un juego de tenis a través de los medios de comunicación: que Chávez dijo esto, que Uribe respondió aquello, que el canciller de Venezuela dijo esto otro, que el vicepresidente colombiano concluyó aquello. Y la verdad es que el juego podría ser hasta entretenido, el problema es que los grandes perdedores no son los que dan los raquetazos sino los que ven el juego por la tele.

Impotencia es lo que se siente y más ahora cuando se están utilizando ciudadanos del común para echarle más leña al fuego. La detención de ocho colombianos acusados de espionaje por el gobierno venezolano es delicada y más cuando los familiares de éstos y el gobierno colombiano desmienten las acusaciones y aseguran que los detenidos trabajaban hace más de diez años en una empresa familiar de helados en Venezuela. Una cámara fotográfica con imágenes de hidroeléctricas del país fue el detonante, de ahí que el ministro de Interior y Justicia de Venezuela, Tarek El Aissami los acusara de espionaje sobre el sistema eléctrico nacional con fines de desestabilización y sabotaje aprovechando la emergencia en el servicio eléctrico que atraviesa ese país.

Pero la prudencia es lo que se necesita para abordar casos como éste y más cuando las relaciones de los dos países no han sido las mejores. Es difícil tomar partido cuando frente a un mismo hecho se tiene dos versiones diferentes. Como es el caso de dos de los colombianos detenidos que según las autoridades venezolanas son agentes del DAS haciendo espionaje, mientras que el DAS niega esto. Entonces ¿dónde está la verdad?

Lo cierto es cada día estamos más lejos de la unión latinoamericana y de ese sueño bolivariano que llena de entusiasmo a Chávez. Se habla de unión, pero se actúa para dividir, se habla de diplomacia, pero los insultos van y vienen. Y como siempre los ciudadanos sufren las consecuencias.

Pero lo más preocupante, es que el odio que se tienen dos presidentes, se convierta en odio entre venezolanos y colombianos. Los gobernantes están jugando con candela cada vez que, con actitudes imprudentes, van promoviendo una cultura de la desconfianza y del desprecio al otro.
Es alarmante que el vicepresidente, Francisco Santos, haya dicho que por ser colombiano en Venezuela lo arrestan o lo matan. Esa es una afirmación de grueso calibre, que generaliza y que propaga el miedo entre los ciudadanos. Los altos funcionarios deben medir cualquier palabra que se diga, no deben olvidar la responsabilidad que tienen como los representantes de un país entero.

Sobra decir que las diferencias políticas y personales de dos presidentes no pueden traducirse en tratos injustos hacia los ciudadanos del común. En Colombia no deben juzgar indiscriminadamente a los venezolanos, ni en Venezuela a los colombianos. Lo que se necesita entonces es un poco de cordura.

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